Lo que esta adentro mío
Había una vez una niña inocente y feliz que contaba con la protección, seguridad y cariño de su familia. Vivía en una cajita de cristal- siempre contenida y bien cuidada por sus padres. Su infancia era un constante juego, cuya compañera principal era su hermana. Le gustaba jugar a las barbies, patinar en la cocina y bailar frente a los espejos. Amaba jugar a disfrazarse, inventar actos, y que su padre la filmara. También jugaba a tener una inmobiliaria, para lo cual le pedía prestadas las llaves a sus padres y recorría todos los ambientes de la casa explicándoselos a sus clientes imaginarios. También le gustaba escribir en su agenda, primero en la Pascualina y al año siguiente en la Artilugia; hacer pulseras con mostacillas, dibujar, leer y jugar con las polly pockets. A veces, sufría los inconvenientes de ser la hermana menor y no podía jugar con la casa de muñecas, limitándose únicamente a observar como su hermana mayor lo hacía.
Amaba los viajes. Los veraneos en Pinamar y Claromecó le fascinaban. Le gustaba ir a la playa, al quincho, al vivero, al caracolero, a la “casa abandonada” y a los médanos. También le gustaba ir a Tres Arroyos a visitar a su familia. Miraba películas con los primos y comían todos juntos en el fogón.
También tenía varios miedos. A la bicicleta, al mar, a las olas, a nadar. A la parte honda de la pileta. Se agarraba del borde incluso estando en la parte baja, para prevenir cualquier posible “viento” que la desestabilizara y la arrastrara hacia lo hondo.
El miedo a ser diferente la llevaba a compararse con su hermana y sus compañeras de clase. Si todas tenían vestido, ella tenía que tener vestido; y si tenían pantalón, tenía que tener pantalón. No le gustaban los vestidos con cuello grande ni los floreados. Su madre luchaba cada mañana para elegirle la ropa porque nunca se quería poner lo que le decía.
Era una niña protegida. A tal punto que cuando se iba de gira con el colegio, o dormía en la casa de una amiga se sentía desprotegida y la asaltaba cualquier tipo de dolor.
Le gustaba sentirse contenida, sin problemas y cuidada. La vida era color de rosa. ¿Problemas? No los conocía. Sus papás se los resolvían.
A medida que crecía, comenzaba a tener otros intereses. Le gustaba hacer “imitaciones” de personas famosas en las reuniones familiares, haciendo reir a todos los presentes. También le gustaba jugar en la computadora al “sims”, diseñando casas y decorándolas. De a poco se fue dando cuenta que no le gustaba cantar como a su hermana, y empezó a pensar que no tenía ningún hobbie o talento, porque no coincidía con el de su “referencia”.
Con el crecimiento también empezó a destaparse su autoexigencia. Horas de estudio, sobresalientes. Perfeccionismo. Su pelo y su ropa siempre impecables, no vaya a ser que se desordenen. La tarea, siempre lista. Es que sino no podía estar tranquila. Los problemas matemáticos quería resolverlos antes de empezarlos. Y después, otras cosas también. No podía- ni puede- disfrutar el proceso. Sólo cuando terminaba el “deber” o lo que “tenía que hacer” encontraba paz y satisfacción. No podía- ni puede- tener cosas pendientes.
Me doy cuenta que sigo siendo esa misma niña.
Junio 2020 - Por Paz Bonifacio
Unidad 5 - Niño interior